Interrumpo repentinamente mi trabajo. Tengo ganas de ver que sale. Hay olor a grasa en el ambiente, olor a taller, de viejos ruteros al costado de una colectora. Me pregunto qué fue lo que me llevó a necesitar casi como un loquillo plasmar lo que en mi mente pasa en en esto. Será miedo o simplemente es un momento de cerrar los ojos cuando el corazón late muy de prisa, eso pasa siempre. Un suspiro y arranca el sprint, justo antes de la subida le doy todo, hasta que duela. Dura poco, pero en ese sprint extasiado puedo sentir como queman los músculos, como todo marcha perfecto en la máquina biológica/mecánica que soy. Ya se acaba y de nuevo todo está en silencio por el medio de la avenida, de madrugada. Un gato que camina por la calle se da vuelta sorprendido. Entonces hay que bajar las pulsaciones, acomodar la respiración, pero nunca detenerse. Será el sprint? Puede ser. Para mi que no me darán las piernas para hacer doscientos kilómetros, no estoy hecho para eso, pero quizás pueda intentarlo. Porque hay algo que se repita en los libros y relatos de viejos sabios de calzas y adiposidad en la barriga constantemente, el sufrimiento y la gloria. En ese orden. Voy a tener que esperar porque la gloria no ha llegado aún.