Dicen de esto los que saben, que él nunca se detenía. Era como un caminante incansable, pero en bici. Era insaciable, gigante arriba de los pedales. Dicen que todo empezó de muy joven, que su padre le regaló su primera biciclette. Y que creció entre guerras y hambrunas, encontraba su exilio en el deporte. Era una fiera, en la lluvia aceleraba, y el barro en la cara era una de las cosas que más disfrutaba. Dicen que llegó a la gloria cuando ganó el tour, dicen que sólo lo ganó a pedido de una desgarradora carta, también dicen que no se le movió un pelo cuando lo visitó Benito con el mismo pedido.
Y como todo héroe ese jinete de las colinas italianas tenía su antihéroe. si Gino era de gran contextura, imponente, Fausto era flaquito y ágil. Si Gino era humilde y escapaba a la gloria en busca de su propia salvación, Fausto era todo lo contrario. A Fausto no le gustaba la lluvia, y las cosas se ponían buenas para Gino cuando llovía y tomaba las curvas sin aflojar, siempre al límite. Gino se cubría del sol con la mano y Fausto con sus anteojos negros. Gino ya se estaba poniendo viejo y Fausto estaba en el cenit entre la juventud y la vejez. Enemigos a muerte declarados, dicen que una vez en los extenuantes veranos italianos, durante una etapa agotadora del giro pedalearon a la par y compartieron la última botella de agua. Esos son nuestros héroes, cargaban la vida en la espalda cuando salían por las rutas a entrenar, pero eran otros tiempos, no importaba tanto la bici ni los componentes, la pelea siempre fue y será interna, por más mejora tecnológica que haya. La lucha con uno mismo, la pelea mental, cuando los músculos no responden, cuando no queda más energía la cabeza empieza a jugar su final. No son bicis ni metales o carbono, no son piernas, no son músculos ni drogas, no es comida, no es nada de eso lo que ganan tours y giros, es la mente, y siempre será nuestro mayor enemigo.
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