Espero que se consuman los minutos, pero nunca pasan ni los segundos. Estoy tirado en el piso y tengo frío en los dedos, pero sólo ahí. Nunca fui de mente fría, mucho menos corazón. Y bueno, hablando de corazones... creo que ya es hora de cambiarle la yerba a mi mate-corazón. Sí, definitivamente. Porque el mate se lavó, yo quise seguir tomando, pero ya no tenía gusto. Y nunca me gustó mucho el mate amargo y sin gusto, yo creo que a nadie le gusta.
Y bueno, veo tanta gente pasar por acá, y yo sigo congelado en el tiempo, ¿qué será de sus vidas? ¿Cómo es que se llamarán? ¿Hacia dónde es que van? ¿Amará realmente a su bici el muchacho de rastas que hace mensajería mientras habla por celular? Me imagino, invento todo eso, en mi espera solitaria.
Pero entremedio del ruido de motos, de gente yendo y viniendo con sus asuntos, sus vidas, con sus penas, sus amores, entremedio de todo eso hay una abuela sentada con con su nieto de dos años. Ella le da un alfajor, y él juega con el papel mientras esperan al alguien. Quizás a su mamá, o su abuelo, a su papá, alguna tía... Pero ya no me importa, no necesité inventarlo. Quise imaginarle la vida, pero me miró con los ojos regados de inocencia, y vacíos de prejuicios con los que mira un niño, y me sonrió y me compartió su alfajor. Eso me alegró un poco, no tenía nada que imaginar, porque era todo lo que veía frente a mi, era eso nada más, no ocultaba nada, no se preocupaba de nada.
No cambia nada estar un poco sucio. Es verdad, a los ojos inocentes de un niñito con su abuela, no cambia nada. Frente a ellos soy igual.
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