Cuando alguien logra hacerte llorar con una canción, eso es impagable. Algunos dirán que también cuando te hace reír, pero uno se ríe fácilmente de muchas cosas, no le saco mérito, pero es así. Cuando sólo una canción te hace llorar al escucharla, o al verla cantar delante tuyo, ahí es cuando uno empieza a valorar más al que está más arriba ahora, pero es un simple mortal, aunque en esos tres o cuatro minutos sea DIOS, sea gigante, sea inmortal al vencer sus miedos y engrandecerse, al sentir a la música corriendo por su sangre, al sentir la emoción brotar en forma de lágrimas al final de la función cuando todos lo reconocen al fin, cuando se da cuenta que nada fue en vano, que valía la pena esperar, que fue una sabia decisión no dejar los sueños atrás.
Cuando escucho grabaciones, cuando oigo su canción triste cantada en un tono salvaje, cantada pidiendo a gritos, tan sólo para que alguien lo escuche y se detenga a pensar, tan grande como para soñar con querer cambiar al mundo. Escucho, lloro, y me pregunto: ¿Cómo nadie lo escuchó? ¿Cómo nadie lo ayudó? ¿Cómo nadie lo llevó a su casa? Si lo que realmente él necesitaba era un hogar, necesitaba ser querido, necesitaba que lo amen, necesitaba tan solo su guitarra para imaginar otro mundo, crear princesas doradas, soñar con grandes orquestas tocando su falsete tarareado, imitando vientos entre estrofa y estrofa. Nunca lo voy a entender.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Copate, y deja tu opinión vieja.